domingo, 7 de diciembre de 2014

nunca me alcanza, ¿y qué?

Llego de tus horas. Siete y media de la mañana. Planté un árbol de cedrón, canté por todos lados, en mi pueblo. La plaza, el salón, el bar. Alguna charla despacio y reconociendo. Los pibes se asinceran, se entregan. Se dan al placer del tinto o del fernet, y se dejan ser.

Al final yo, vuelvo. Esa pieza que falta soldar y sé que se arregla, ese loco chito que me puede dar la clave. Ese viejo que al final hoy no fue y no pintó, literal.
Ese pedazo de mí que fue nadando y ganó dos veces, y en la primera no aguantó la ansiedad, y se dio vuelta.
Esas pedidas para cantar, ese Finca Traversa que desapareció en la cuneta, esas gracias, ese silencio, ese te quiero. Esa servilleta que yo no sé si tendrá efecto.

El corazón - omm- late un poco más fuerte, se escuchó la garrafa, el pueblo se calla un poco y yo pude decir. Esa prima de la que nunca supe y hoy fue un viaje. Va a ser mamá, contenta me lo dijo. Fue su otra madre que en el cielo se esparce, y le mando ese retazo de vida, que ella dejo.

Vos me hablas ahora con otro nombre, igual me duele, Un poco. Cau adiós a todo aquello que ya no me interesa nombrar.

Es plena luz del día, es claro.

Ya poco me interesa lo que me digas, lo que quieras. Me duele tan poco leerte. Ese silencio de pueblo que tiro un: -nos sorprendiste-. de Caracoch.

Mejor andar sólo, y que tu nombre ya no me duela ahora. Los ojos se cierran, queda una carta por escribir, sigo saliendo.

OLvidate, ya no existe. Ni nada, ni vos. Se muere de a poco, cumple su ciclo.

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Dedos en teclas y corazón en el pecho: ¡Vuele!, ¡diga pues!