martes, 30 de diciembre de 2014

Lo magnífico de la silla - uno (todavía)

¿Cuantos recuerdos me podés traer, vos?, Que tenés a todas en una, y contigo. Que sos la mirada, el pelo, las manos y el andar, de tantas, tan tuyo. Que hablas, decís y sacas en letras eso que todas tienen, a veces con humo, o vino tinto. Que pedís, querés, buscas, tan a tu forma, siempre a tu alcance.

Vas. Vas, vas, vas. Vas a encontrar ese mundo donde el tiempo no se mide, donde siempre hay aurora. Ese mundo en que todo corre sin riesgo ni disimulo, y la gente ríe, la gente llora. Llora de reír, y de aprender. De saber que todo está bien, si uno de verdad lo quiere.

Ese mundo que no se lamenta, no se queja ni te pregunta tu nombre, un miércoles a las tres de la mañana, en alguna ciudad desconocida. Por suerte. Como las hojas, y esos espacios en blanco por recorrer, ¿que me dirán todos estos árboles?, ¿de donde vinieron?, ¿porque están hoy aquí?, como nosotros, al lado de aquel río, noches de casi luna llena. Ibas cambiado de cuerpo. La luna me mostraba de a poco como eras, y vos, Vos misma. En silencio, con amor.

Dejaste palabras, puntos. Siempre, siempre. Esas breves selecciones tan exactas que tiene el lenguaje para intentar describir que el otro entienda lo que pasa aquí adentro, ahora. O cuando yo te toco, y te siento. Es imposible, con vos, y tus tantos otros nombres, formas y maneras. A veces existe esa tal rapidez que no cuenta, no razona, y sin buscar vienen las palabras que algo puede decir, algo. Algo. ¿Pero y cómo hacerte sentir mi pecho?, si no estás acá. ¿Para que creerte?, si no vas a ser vos, ni tus ojos los que me digan.

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