martes, 30 de diciembre de 2014

Lo magnífico del caminar - uno

Él venía rápido, ¿y que le iba yo a decir?, si él sabe, no cuenta, no mide. Siente nomás. Venía doblando las curvas pero sin ruedas, a ese caminar trunco y al ritmo. Como hoy en Montevideo, y ayer. Esa ciudad me pide que la camine, y así fue. Pleno Boulevard Artigas, ocho y media de la mañana. Fue doblar en esa esquina, donde los brazos de un histórico se levantan siempre, y llegó el aire del río. Ese del que dicen que es de plata, o algo. Para mí es agua, soy yo. Como esa luna ahora, que mientras caminaba de regreso, me las arreglé para que me quede bien al frente de la mirada, y en esa. Nos fuimos mirando a través de toda es cuadra, en la que saludé a mi vieja casa, ese rancho que ya no tiene techo de paja. Es chapa, metal. Se murió. Ni seco que estuviera. Ya el sol no baja distinto a ese suelo.

Muchas cosas, que llegan, van flotando. Desde hace tres días o más que vengo en un silencio medio raro, misterioso. Hasta conmigo mismo, y de sí. Se acerca otra vez, eso . Esa sensación de que todo anda y todo fluye, que no ha parado, aunque si cuando uno vuelva sólo se agudiza, se vive. Es una ola que se monta todo el día.

Hoy me hablabas de que andabas pidiendo cosas y aparecieran. Vaya que sí, que llega. Es que está tan adentro, que uno ya lo sabe, y se acerca. Esa extraña ley de atracción que mata a la duda con el hecho, y nos seduce, y uno se entrega. Es tan fácil volar, y seguir en el suelo.

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