sábado, 15 de agosto de 2015

la werdad de William es tan verdad que tiene dos -ve-

William exhausto revisa sus notas, a las tres de la mañana. Siente que nada puede fallar esta vez. Mentira. Todo miente y se expande en ese universo de caras y caretas. Nada se renueva en esas vidas que no viven amaneceres ni colores, ni letras, sólo rayas blancas, negras. Televisión que no sirve, que no se encuentra. William mira papeles, revisa su letra, analiza su estado de aquella vez para haber escrito así. No recuerda esas palabras ni ese momento en el que pudo haber escrito que alguna vez se quiso matar, se entrelaza, bebe otra copa, y sigue buscando entre sus dibujos de caligrafía española entre con recuerdos inciertos y memorias de otros que le ayudan a subsistir, tomando como propia toda aquella sensación que le anime a vivir otro rato más, sin saber para que. Un tipo marcado y sin historia, en realidad con una historia que no vale nada, sintiendo que puede ser algo que nunca fue por no haber insistido, por quedarse quieto al amparo del sol, disfrutando tanto de la sombra que adoptó como propia, y fue tanta al fin, que cubrió todo, su casa, su cama, su alma. Encerrado al verse inmóvil en un mundo efímero que busca satisfacción de inercia, donde lloran los ojos y gritan las almas. Donde se escuchan los ruidos y nos la voces porque no importan, como la de él, que no importa. Así William intervenía, quería decir, quería hablar, nunca teniendo claro el mensaje sino más bien el porqué, que nunca debería preguntarse, porque no tenía respuesta. No tenía razón. De eso se trataba. No tener nada, y tener todo. Que es nada.
Así podía ir a trabajar, andar y volver a encerrarse en su mundo, su placard, su ironía. Su rota celosía que se movía con el viento fuerte de una noche de Agosto con lluvia en su breve mundo de ilusiones y acertijos constantes. Así fue que iba llegando a esa breve conclusión de que nada era cierto, de que todo mentía, de que a nadie podía importarle lo que él podía ser, lo que él era. Y eso que alguna vez pensó que todo le exigía ser más, cada vez más. Día tras día, hora tras hora, se desmorona la ilusión de tener todo, incluso aquello a lo que una vez más quiso y se fue, con cierta elegancia y errada ilusión. Mentira. Otra vez mentira la realidad que le escupía en la cara, que le seguía pidiendo motivos y razones que hablando supo dar, y no actuando. Pues no actuaba. Fingía. Fue por eso dicen que terminó como terminó. Que le dio fin al mundo que había creado, creyendo una vez podía salvarlo de aquella desesperación que alguna más de una vez lo azotó en las noches crueles donde ni siquiera el sonido del mar podía salvarlo de su penuria, su calvario. Cavando su propia tumba sin saberlo se fue entregando a los demás, sin razón, sin razón.

Una y cuarenta y cinco de la mañana, miércoles. En algún mes de Junio donde el frío pega en el alma, hiriendo con alguna palabra de rebote, haciendo de esa sensación un hecho. Siente que el cuerpo no le da más, y atina. Poco más se puede decir del hombre del que nadie sabe más que por sus palabras y sus hechos. Esas cosas que él dice que hace y nadie sabe. En las que todos creen porque en algo hay que creer, de lo contrario no se puede. Mirándose en el espejo y llorando buscando respuestas sin aquella ilusión que alguna vez supo ampararlo de su locura, y salvarlo del mundo negro y oscuro que le esperaba a los pies de su cama.

Miércoles todavía y él esperando, aún sin encontrar esas razones que algún día iban a llegar con el tiempo, único sabio refugio que dicta y sentencia, y con la ventana abierta esperaba aquella vieja ilusión. Mentira, otra vez todo mentira y de afuera sólo entra ruido a ciudad inquieta y desconcertante. Risas de algunos maleantes que todavía no se saben así pues creen ser buenos mintiendo, y no.

No. No.

No aguanta, se pierde, se entrevera. Deja de escuchar esa voz y aquellos consejos que por fin descreyó. No se dió el perdón y no pudo ver la puerta abierta que al final siempre espera después de la tormenta.

Sube a su azotea, piso treinta y ocho. Una calle que lo llama y la única certeza de saltar es caer, además de la de terminar con todo, y encontrar el alivio. Claro, valiente e impreciso se tira. William termina contra el suelo hecho puré, y con él todo su mundo. Incluso algunos pasan y no miran. ¿Para qué?, mejor no alentar a lo que puede surgir como verdad en alguna oscura hora de la noche,y terminar siendo cierto.

William se anima, se mata. No quiere vivir aquí. Se va para otro lado, quien sabe donde. Sólo se sabe que se fue. Se fue.

viernes, 14 de agosto de 2015

esperando firme, no sea revancha

No voy a decirte nada que no pueda, pues no puedo. No voy a decirte nada que no deba, pues no debo. No voy a decirte nada, punto. Ya no quiero seguir queriendo algo que no quiero, que no me atrapa, que no me llena, que sólo duele, a veces. Mejor seguir ese camino conocido de vuelta a casa esperando encontrarme con eso que dejé mientras llegaba, y que deja su rastro en mí, para que recuerde, y viva, de nuevo.
¿Te das cuenta?, al final la humedad nos maltrata y el calor se hace desear. Aquel tiempo de primavera cuando el frío desaparecía a los pies de tu cama, y vos, y vos, quien sabe donde, cuando, porqué. Quien sabe. Ni vos creo. Ni vos ni yo sabemos y con eso alcanza.

Todo parece irse viendo otra vez en movimiento, algunas teclas llevan a ese mismo lugar donde hay una sola luz aparente, y hay miles por descubrir. Donde suenan los pasos y sólo se escucha el sonido del mar. Esa voz incesante que cruje y nunca para, no cede. No da lugar al vacilo, a la duda, a la extinción. No duda en querer abrazarte, tal como hacíamos vos y yo allá en aquel calor fingido que nunca volvió a ser.

A veces sólo espero que las letras vengan solas, a veces sólo escribo para poder sangrar y al fin de una vez sacarte, cuando doy nota que ahora mismo tengo ese poder. Ropa sucia afuera. Ahora mismo. Y todo se vuelve canción, como siempre, de a ratos difícil de cantar. No se adivina. No se sabe. No me quiere decir nada pues no sé, grita, gime, se estruja y  se arrepiente tal vez de no haberte acompañada cuando pediste, cuando llorabas. Y yo feliz de tus lamentos. De tu querer. Confundido. Sin saber que hacer o a donde ir a las seis de la mañana, casi. Casi como siempre, siempre como nunca. Como casi nunca siempre sin saber, sin saber. ¿ Y vos sabes algo?, ¿qué decís?, ¿que me vas a contar hoy, para volver a enamorarme?. Como explicarte que no entiendo porque me querés, si yo no te quiero, no te puedo entender. No es hora de llegar de nueva al centro de otro corazón que no sea el de ella. El tuyo. Ni el mío. El de nadie. Es momento de vagar y perderse, para encontrarse. Es momento de soltar las letras para que venga la fluidez del contenido y la esperanza, la vida. Celebrar la emoción de sentirse aquí y ahora, llegando. Habiendo escuchado tanta cosa, habiendo hablado tan poco y tanto sin querer, sin decir. Sin decir.

Ahí vas, suelta, inconclusa. Igual que yo. Tal estas letras ahora, que sólo quieren redimirse, pero no volver atrás. Nunca. Lo que pasó pasó y con eso basta para emprender camino sin vuelta aparente, a vos por lo menos. Vaya a saber si andarás amando, Vaya a saber. Vaya.

martes, 11 de agosto de 2015

becerrita se fue de aquí

Entras en escena, y me partís, y dios no existe. Marcas el ritmo, y sólo otra vez todo puede ser vos. Ya no existe otra cosa que el recuerdo de aquello que fue. El exilio que vino después, sin revanchas. Parece que dios nos escupe. Y se equivoca. Y no tiene perdón.

A veces sólo pienso en saber porque es que abrís ese canal que late y no cesa, no se arrepiente. Sólo ama. Puede caer el mundo y, y, que me trabe, que no sepa que vos a decir, ni recordar lo que escribí hasta ahora.

Algún día seguro todo el color se renueva y el aire cambia. Cuando por fin entienda que nunca tengo nada que entender. Ni siquiera al principio. Esa acción motora que me impulsa y no sabe equivocarse, no sabe dar acierto, ni razona. Sólo se mueve en cualquier dirección errante, y da en el punto. En la clave. De la vida, o la desolación. La esperanza, o el desamor.

Te preguntaría mil cosas, a vos y a mí. ¿Será que hablo con un espejo?, eso no. Claro. Aunque lo cierto es que no te preguntaría nada, te miraría, y listo. Todo alcanza con mirarte. Ahí decís todo. Son tus ojos los que saben hablar, y dicen lo cierto. Lo puro. Tu boca se enreda con tu indecisión y las canciones, y no habla. No dice nada. Tus manos se entregan, por un rato nomás.

Por eso es mejor mirarte, y apenas creer eso. Lo que veo. Lo que quiero creer.