Son las tres de la mañana. Me voy en apenas, bah, en alegría, un rato. Ese mostrador que es mi segunda casa me llena, me inspira. Me trae cosas que nunca esperé, ni quise capaz. Esos bandidos, de un mil o tres mil años de antiguedad, y eso que el diablo no sabe por malo, sabe por viejo.
Esas voces sabor a vino, que todavía respiran, quieren. Van a ser en estos días lo que quieren, lo que se permiten ser.
Hay mucho para decir, o quizá no. Otra vez, por tercera vez, consecutiva. Me voy de este pueblo, de esta vida que pocos conoces, y tantos hablan. Y me equivoco de letras, de razones. De mayúsculas. Y borro, armo, y desarmo. Vivo.
El viejo me arreglo el cuello de la camisa, casi llora. Mamá se lo permitió, Elena casi. Victoria vuela en su mundo mágico, y no para.
Vi mi sobra, una y dos veces. Me vi en la luna, te vi a vos. Esa cosa que todavía me sanciona, me duele. Con todo lo que me enseñaste, y todavía no puedo ver. Como hoy me decía un Manuel de cincuenta y dos años. Todavía te veo en las lunas, de una y mil caras, de mil pelos, de olores, de canción. Magne y su salú y libertad, por siempre, carajo.
Puedo vivir, cantar una y mil canciones que todavía te nombren, y no sepan que hacer. Salir una y mil veces de mi casa y de cualquier lado, hacia no sé dónde, y que todo esté bien.
Hoy me voy, en un rato. En apenas unas horas, y sin que se me vayan los efectos de este vino de amigos y de gracias, de abrazos y saludos que siempre me voy a llevar.
De este pueblo que camino, y se sacia, se culmina.
Me voy a hacer de ese árbol muerto un poco de vida, un poco de luz, de sol. Voy a darle las gracias, a llenar ese espacio, que él dejo por mí.
Nos vemos en papel, siempre en letras.
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